El Dandy según Roland Barthes

Durante siglos hubo tantas prendas de vestir como clases sociales. Cada condición social tenía sus prendas de vestir y no había ningún tipo de vergüenza en convertir un atuendo en una señal de pertenencia, ya que la brecha entre las clases era considerada como natural.

Así, por un lado, el vestir fue objeto de un código totalmente convencional, pero por el otro, este código se refería a un orden natural, o mejor aún, a un orden divino.

Cambiar de atuendo era cambiar el ser y la clase social del sujeto, ya que eran parte integrante de la misma cosa. Así vemos en las obras de Marx, por ejemplo, el juego del amor quedando atrapado en las mezclas de las identidades, en las permutaciones posibles del estatus social y en el intercambio de vestimentas. Hubo en este momento una verdadera gramática de la ropa, algo que no era simplemente una cuestión de gusto, y que no se podía transgredir sin que ello afectara a la organización más profunda del mundo: ¡cuántas tramas e intrigas en nuestra literatura clásica se basan en las características del vestuario de sus protagonistas!

Sabemos que a raíz de la Revolución Francesa las prendas de vestir de los hombres cambiaron drásticamente, no sólo en su forma (que procedían esencialmente de los cuáqueros), sino también en su espíritu: la idea de la democracia produjo una forma de vestuario,en teoría, uniforme, no sujeto a los requisitos de las apariencias sino a los de trabajo y la igualdad. El vestir moderno (para nuestros hombres la vestimenta es en gran medida la del siglo XIX) es, en teoría, práctico y digno: tiene que adaptarse a cualquier situación de trabajo (siempre que no sea el trabajo manual), y con su forma austera, o por lo menos sobria, debía indicar la moral que caracterizó la burguesía del siglo pasado.

De hecho, la separación de las clases sociales no fue abolida del todo: aunque derrotada políticamente, la aristocracia todavía mantenía un poderoso prestigio aunque limitado a un estilo de vida. El burgués tuvo también que defenderse por sí mismo, no contra los trabajadores (cuyo vestir permanecía claramente diferenciado), sino contra el ascenso de las clases medias. Por tanto, la ropa tenía que engañar, por decirlo así, la uniformidad teórica que habían legado la Revolución y el Imperio; y dentro de una manera de vestir universal, no había necesidad de mantener divergencias de carácter formal, que pudieran resaltar las diferencias entre los interlocutores de diferentes clases sociales.

Es aquí que vemos la aparición de una nueva categoría estética en el hecho de vestirse, con un largo futuro por delante (la ropa femenina de hoy en día es un claro ejemplo, como nos revela un somero vistazo a cualquier revista de moda): los detalles. Ya que ya no era posible cambiar el tipo básico de prendas de vestir para los hombres sin afectar al ethos democrático y ético, fue el detalle (el "casi nada", el "je ne sais quoi", la "forma", etc) lo que comenzó a desempeñar el papel distintivo en la ropa: el nudo en una corbata, el material de una camisa, los botones de un chaleco, la hebilla de un zapato, fueron a partir de entonces suficiente como para destacar la parte más estrecha de las diferencias sociales. Al mismo tiempo, la superioridad del estatus que, por razones democráticas ya no podía ser publicitado, se oculta y sublima por debajo de un valor nuevo: el gusto, o mejor aún, como la palabra es apropiadamente ambigua, distinción.

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